Columna de Opinión de Gonzalo Arceu
Las ciudades actualmente enfrentan los problemas generados por la delincuencia, sufriendo sus ciudadanos distintos tipos de delitos que se manifiestan en sus barrios, locales, vía pública, vehículos, etc., pero además de este escenario deben lidiar y compartir diariamente con situaciones que van deteriorando las normas de convivencia social a través de diferentes conductas a las cuales se les han denominado “incivilidades”, y que a las cuales nos hemos acostumbrado e ido normalizando.
En este sentido, ya es cotidiano encontrarnos con más rayados y graffitis en muros, carpistas, ruidos molestos, autos con escapes libres, oler marihuana, ver el consumo de alcohol en la vía pública, ser testigos de la evasión en el transporte público, plumilleros, basurales, estacionadores de auto ilegales, entre otras, todas ellas consideradas con la legislación actual como meras faltas, sancionadas con multas en el Juzgado de Policía Local, que nadie paga.
Estas incivilidades están provocando un grave daño a la imagen de las comunas producto del franco deterioro del espacio público, pero lo más preocupante es que se realizan a vista y paciencia de niños, familias, adultos mayores y vecinos, siendo poco controladas por las policías, ya que su mayor esfuerzo está enfocado en combatir el delito como tal.
De ahí entonces surgen algunas preguntas lógicas: “¿Qué podemos hacer, cómo podemos contribuir, cómo enfrentarlas y qué se requiere?”
De los ciudadanos comunes se necesita profundizar en la importancia de acrecentar la cultura cívica, la educación parental, es decir, cuidar como sociedad de que se respeten las normas, se actúe con responsabilidad y respeto frente a los demás, mejorar, recuperar y cuidar en forma comunitaria los espacios públicos, preocupándonos de nuestro entorno, de las áreas verdes, del medio ambiente y de condenar con decisión estas incivilidades.
Sumado a ello, exigir a las autoridades que legislen con premura una ley que establezca mayores sanciones para quienes afecten los derechos de convivencia de los demás, empleando la gradualidad necesaria, desde la exigencia de que aquellos que quieran cometer estas conductas inapropiadas efectúen trabajos comunitarios para su reparación y, de ser reincidentes, que puedan cumplir penas menores que corrijan este tipo de incivilidades.
Todo esto como una forma de avanzar en la recuperación de nuestros barrios y espacios públicos, de manera de volver a ofrecer a nuestra ciudadanía la oportunidad de caminar seguros, ocupar las plazas, visualizar y apreciar su arquitectura, valorar su patrimonio y, en definitiva, poder velar por el justo derecho de vivir en una sociedad más civilizada.

