Durante la última década, la cereza se consolidó como el producto estrella de la fruticultura chilena. Precios récord, fuerte demanda desde Asia —principalmente China— y retornos atractivos impulsaron una expansión acelerada de superficie plantada y volumen exportado.
Pero la última temporada marcó un punto de inflexión.
El crecimiento sostenido comenzó a mostrar sus límites. El fuerte aumento de envíos, concentrado en un solo destino, generó saturación en el mercado chino y una caída significativa de los precios mayoristas. El resultado fue una reducción de retornos a lo largo de toda la cadena exportadora, en un contexto donde los costos de producción —mano de obra, insumos, logística y transporte— continúan presionando al alza.
Alta dependencia, alta vulnerabilidad
El principal riesgo estructural del modelo actual es la concentración en China. Cuando un solo mercado absorbe la mayor parte del volumen exportado, cualquier ajuste en demanda, comportamiento de consumo o logística impacta inmediatamente en los precios.
La ecuación es clara: más volumen no garantiza más ingresos.
Sin diversificación, el poder de negociación se debilita y el sector queda expuesto a ciclos de sobreoferta cada vez más frecuentes.
Calidad versus volumen
A este escenario se suma un desafío técnico relevante: la gestión de calidad. Ventanas comerciales ajustadas, congestión logística en períodos peak y condiciones climáticas variables han afectado la condición y vida de poscosecha.
En un mercado saturado, la competencia ya no se define por cantidad, sino por estándar.
Selección rigurosa, mejoras en cadena de frío, planificación de embarques y coordinación comercial se transforman en factores críticos para sostener precios.
Según el ingeniero agrónomo Maximiliano Morales, un porcentaje relevante de fruta queda en campo por no cumplir estándares de exportación. En muchos casos, resulta más costoso cosechar que dejar la fruta en el árbol. Sin embargo, allí también surge una oportunidad estratégica: desarrollar líneas de valor agregado —congelados, jugos, deshidratados, pulpas e incluso destilados— que permitan capturar valor de ese volumen y reducir pérdidas estructurales.
El desafío hídrico y la automatización
A lo anterior se suma un factor estructural que marcará el futuro del cultivo: el manejo eficiente del agua. La variabilidad climática, la prolongada sequía en zonas productoras y la creciente competencia por recursos hídricos obligan a optimizar cada metro cúbico aplicado. En cereza, un riego mal gestionado impacta directamente en calibre, firmeza y condición de poscosecha, afectando la rentabilidad final.
En este contexto, Matías Pastén, CEO de IMBERT Labs, señala que la automatización del riego está pasando de “monitorear” a “controlar” de forma operativa. No se trata solo de instalar sensores, sino de cerrar el ciclo completo: medir, validar calidad del dato, interpretar el contexto climático y ejecutar decisiones de riego con trazabilidad.
Desde IMBERT, esto se implementa mediante IMBERT Core, una capa Plug & Play que permite escalar desde automatizaciones simples (Core Lite) hasta una arquitectura edge-first (Core Pro), donde un PLC asegura continuidad local incluso con conectividad intermitente. La lógica va más allá de umbrales fijos: incorpora contexto térmico, tendencia temporal y mecanismos de seguridad para evitar acciones riesgosas ante fallas de sensor o lecturas físicamente inverosímiles. El resultado es un control más estable, preventivo y auditable, particularmente relevante en temporadas con alta variabilidad.
Además, Pastén subraya que la digitalización efectiva requiere un modelo de servicio: la suscripción de software y managed support que convierte el hardware en un sistema escalable, con monitoreo continuo, actualizaciones, soporte remoto, mantención preventiva y reposición rápida de componentes. Esto reduce la dependencia del operador, ordena la posventa y controla el costo de servir, un punto crítico cuando los márgenes se estrechan.
Diversificación y coordinación: la nueva etapa
El ciclo expansivo de la cereza ya cumplió su fase inicial. La industria entra ahora en una etapa de madurez, donde la eficiencia, la planificación comercial y la diversificación serán más determinantes que el simple aumento de hectáreas plantadas.
Explorar mercados como India, Sudeste Asiático, Medio Oriente y Europa, junto con fortalecer la asociatividad entre productores para coordinar volúmenes y logística, será clave para evitar nuevas saturaciones simultáneas.
La sostenibilidad futura del negocio dependerá de la capacidad del sector para anticiparse, coordinarse y comprender que en mercados globales, el equilibrio entre oferta y demanda es tan relevante como la calidad del fruto.
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