El desarrollo de infraestructura energética estratégica, como las subestaciones convertidoras no puede ni debe entenderse únicamente desde una lógica técnica o de expansión de capacidad del sistema eléctrico. En el Chile actual, marcado por la transición energética, el cambio climático y la necesidad de diversificar economías locales, estos proyectos representan una oportunidad concreta para generar valor compartido y fortalecer el desarrollo económico de los territorios donde se emplazan.
Las subestaciones convertidoras cumplen un rol crítico en la estabilidad y resiliencia del sistema eléctrico nacional, permitiendo integrar energías renovables, mejorar la transmisión y asegurar el suministro para hogares, industrias y sectores productivos estratégicos. Pero su verdadero impacto se multiplica cuando se insertan en una estrategia de articulación público-privada que incorpora de manera activa a las comunidades locales, tanto costeras como del sector agrícola.
El desafío no es menor. Históricamente, muchas comunidades han percibido este tipo de proyectos como infraestructuras ajenas, impuestas desde fuera y con beneficios difusos para el territorio. Cambiar esa lógica requiere pasar de la mitigación al desarrollo colaborativo, entendiendo que la infraestructura energética puede convertirse en un habilitador de nuevas capacidades económicas y sociales.
En zonas costeras, el fortalecimiento del sistema eléctrico abre oportunidades para diversificar actividades productivas, incorporar tecnologías limpias, mejorar servicios básicos y potenciar encadenamientos locales. En el sector agrícola, el acceso a energía confiable y de calidad es un factor clave para avanzar en soluciones de manejo hídrico, eficiencia en riego, tecnificación productiva y adaptación al estrés climático que afecta a gran parte del país.
En este contexto, resulta fundamental destacar iniciativas que demuestran que el valor compartido no es solo un concepto, sino una práctica concreta.
En el caso de IMBERT (con operación desde Ovalle), una water tech que automatiza riego y monitoreo para optimizar el uso del agua en agricultura, su aporte puede escalar cuando se articula territorialmente con infraestructura energética crítica. Esta semana se anunció el lanzamiento de los invernaderos comunitarios, un piloto demostrativo de agricultura sustentable replicable para municipios y comunidades urbanas, que integra producción local de hortalizas, educación ambiental y participación comunitaria guiada, con operación y mantención centralizada para asegurar continuidad productiva. El modelo se concibe como una infraestructura pública productiva de largo plazo, con invernaderos inteligentes (por ejemplo, módulos de 24 m² con sistema hidropónico vertical, riego automatizado, control climático y monitoreo continuo) y un esquema de sostenibilidad que combina inversión inicial y operación mensual accesible para las familias participantes. En la medida en que iniciativas de este tipo se integren a la planificación y a los trazados donde se emplazan subestaciones convertidoras, la energía deja de percibirse como un beneficio difuso y se traduce en capacidades concretas para el territorio: producción, formación, empleo local y resiliencia frente al estrés climático.
El trabajar de forma colaborativa, aportando a los territorios es para de los desafios de las las subestaciones convertidoras que podrian aportar a mejorar la productividad y los ingresos de pequeños agricultores en las cercanias donde se instala, sino que también generan capacidades locales, empleo y mayor resiliencia frente a escenarios climáticos adversos.
Cuando proyectos energéticos estratégicos se conectan con iniciativas de este tipo, se crean nuevos polos de desarrollo económico, donde la energía deja de ser un fin en sí mismo y se transforma en un medio para impulsar innovación, emprendimiento local y cohesión territorial.
La transición energética que Chile necesita no se juega únicamente en megawatts instalados o kilómetros de líneas de transmisión. Se juega, sobre todo, en la capacidad de construir confianza, de diseñar proyectos con visión de largo plazo y de entender que el desarrollo sostenible exige una responsabilidad compartida con las comunidades.
Según comenta Maximiliano Morales, Ingeniero Agronomo y asesor de proyectos estrategicos ¨Las subestaciones convertidoras pueden y deben ser parte de esa nueva narrativa: una donde la infraestructura fortalece el sistema eléctrico, pero también contribuye activamente al bienestar de los territorios, a la agricultura familiar y a la creación de oportunidades económicas locales. Ese es el verdadero desafío —y la gran oportunidad— de la articulación público-privada en el Chile que viene.¨
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